Robert Harris en su novela “El índice del miedo” publicada en el 2012, expresaba que “Pronto toda la información del mundo, hasta el más insignificante conocimiento que poseen los seres humanos, cada pequeño pensamiento que hemos tenido … todo eso estará disponible digitalmente. Todas las carreteras del planeta… todos los edificios… En todos los sitios a los que vamos los humanos, todo lo que compramos, todas las webs que visitamos dejan un rastro digital tan claro como la baba de una babosa. Y los ordenadores pueden leer, buscar y analizar esos datos y extraerles un valor de formas que todavía no podemos ni siquiera concebir”.

Esto, que formaba parte de la trama, se ha traducido en una vertiginosa realidad, en la que supercomputadoras son capaces de procesar ingentes cantidades de información y cruzar tantas variables como se desee, para establecer resultados de gran complejidad informativa que permitan orientar y tomar decisiones que van, desde el mensaje de un político para que resuene en el corazón del electorado a través de una mejor comprensión de la opinión pública, una campaña publicitaria para promover un nuevo producto en el mercado, de acuerdo a un exhaustivo estudio de las preferencias y hábitos de los consumidores; hasta la decisión de un Comandante sobre donde desembarcar tropas con ayuda humanitaria según la región, zona, época del año y movimientos migratorios en el África Subsahariana.

Vivimos un momento histórico de cambios cada vez más violentos; sociedades más volátiles y cúmulos de información que se hacen cada vez más interactivos, donde el acceso se hace cada vez más democrático, económico o incluso gratuito, como pretende Mark Zuckerberg, “CEO” de Facebook. A pesar de las resistencias, afrontamos un caudal de información, cada vez de mayor flujo, donde los conceptos tradicionales de emisor y receptor parecieran borrarse en la intrincada red que resulta de sus interacciones, nuevas técnicas y herramientas disponibles, que generan nuevas expectativas y que redefinen la forma en que nos comunicamos y relacionamos.

Las nuevas tecnologías disponibles para la captura de información, también están sujetas al cuestionamiento ético de quienes procuran defender, a partir de los derechos civiles, la privacidad de los individuos, ante el creciente cúmulo de información que es recolectada y utilizada con diversos fines, como por ejemplo expone la “American Civil Liberties Union” en su ilustración de un cliente ordenando una pizza y sometiéndose al uso, por parte de terceros, de su información personal (www.aclu.org/ordering-pizza).

Hoy, dejamos un creciente rastro indeleble en las redes sociales, nuestras transacciones comerciales y nuestro transitar por la web. Nuestros equipos transmiten data de forma permanente, imperceptible, y así vamos alimentando información sobre nuestras preferencias, comportamientos, ubicaciones, intereses y decisiones.

El reto más importante hacia un futuro sobresaturado de data recolectada, será la capacidad de almacenar e interpretar masas de datos significativos, y traducirlos en data inteligente, aquélla que traducirá el “Big Data” en “Smart Data”, de cara a que su utilidad esté al servicio, no sólo de quienes la colectan, sino también de quienes la suministramos. Este será el desafío.

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