En el ámbito comunicacional, lo que ocurre en nuestro organismo cuando somos parte del proceso de intercambio con otros, ya sea como emisores o receptores en la intrincada red en la que nos desenvolvemos, resulta fascinante cuando se analiza y se comprende desde el punto de vista neuroquímico. Nuestro organismo responde al estímulo de forma intuitiva, activando o desactivando grupos de neurotransmisores que generan en nosotros emociones, obligándonos con ello a responder desde esa activación y sometiéndonos, en ocasiones, a su consecuencia no controlada.

La comunicación es, desde la perspectiva del Dr. Eduardo Jahn, médico internista e investigador en neurociencias, un fenómeno neuroquímico y entre sistemas neuroquímicos;  es decir, quien comunica influye en un sistema que va a reaccionar de manera específica según el estímulo recibido. Esto significa que si el mensaje ha sido construido de manera apropiada, verbal y no verbalmente, sin duda tendrá el efecto que el emisor pretende, logrando así mayor efectividad en el logro de su objetivo.

Para ello, debemos tomar en cuenta la estructura del cerebro humano, el cual  posee una gran capacidad para recibir información a través de los sentidos, y racionalizarla a través de los que se denomina el Neo-Cortex o la nueva corteza cerebral,  ese espacio donde se procesa el pensamiento complejo que es capaz de comprender ingentes cantidades de reportes, presentaciones PPT, documentos y tablas de Excel, para quienes estamos acostumbrados al mundo corporativo. Sin embargo, solemos olvidar que ese mismo cerebro, requiere de imágenes, afectos y de una sensación de seguridad que le permita entablar un intercambio que resulte memorable, deseable y de impacto.

La teoría del “Cerebro Triúnico” propuesta por Paul MacLean, y aún debatida, ayuda a comprender desde la perspectiva de un comunicador eficaz,  la importancia de ir más allá de la data dura que se procesa en el Neo-Cortex, y de cómo atender al cerebro límbico y reptiliano que cada uno de nosotros posee: uno que busca emociones y empatía, y otro que  busca constantemente la seguridad en tiempo y espacio.

Frente a esta estructura del cerebro y la complejidad neuroquímica de su interior, todo buen comunicador debe darse a la tarea de construir narrativas que estimulen a su audiencia, con aproximaciones que capturen e historias que construyan imágenes lo suficientemente impactantes como para que resulten memorables, liberando así, el cortisol y la oxitocina necesaria para generar la atención y empatía que se necesita.

Así también, cobran especial relevancia los elementos emocionales dentro del discurso,  que se constituyen en espacios donde el comunicador busca generar empatía con su interlocutor, bien sea a través de experiencias personales, ejemplos o anécdotas que permitan transmitir el mensaje de fondo, basados en una plataforma emocional que asegure su impacto y recordación.

Una comunicación consciente de estos elementos, procurará condicionar la respuesta  de esa otra persona quien, seguramente, hará un balance entre lo emocional y lo racional para tomar una decisión.  Por ello, no debemos subestimar el peso que tiene la emoción al  momento de empujar esa última decisión. ¿Cuántas veces hemos tomado una decisión al calor del momento, que tal vez, cuando la pensamos en frío, debimos haber hecho otra cosa?  ¿Les ha pasado?

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