En tiempos electorales, es válida la reflexión acerca del paradigma de campaña con el que solemos relacionar tal actividad, considerando ésta desde la perspectiva del esfuerzo de marketing y comunicación para ganar una contienda electoral.

En este sentido, se entiende que el esfuerzo comunicacional y su estrategia permite construir una percepción de “poder” en las diversas audiencias que son objeto comunicacional de las campañas, dejando atrás aquellos elementos que, simbólicamente, otorgaban el poder de facto y que hoy son sustituidas por dichas percepciones, las cuales acompañan al individuo en el tránsito de candidato a ser elegido.

El “poder” está entonces en constante validación, y se renueva permanentemente gracias al esfuerzo comunicacional, mensaje y discurso que, soportado en hechos verificables, otorgan sostenibilidad a esa idea de “poder”.

De la relación entre múltiples elementos y sus efectos, nace, de alguna forma, esta idea relacionada con la atemporalidad de las campañas y la dificultad e inconveniencia de fijarles un inicio y un fin, puesto que cada individuo, desde su rol social, económico o político, es objeto de la misma y por ende sujeto de ella. De allí que la permanencia y el sentido omnipresente de la “campaña” sea necesaria, de cara a moldear y ser moldeada por la interacción con un entorno complejo que codifica y decodifica de forma continua, percepciones, inclinaciones, apoyos y riesgos.

Frente a esta reflexión que involucra al ámbito de lo político, es curioso ver como esa misma idea es trasladable al plano empresarial. Nada diferente sucede en este plano, donde la empresa, cuya sostenibilidad se soporta sobre premisas muy similares, resulta ser un actor económico de impacto social, que no está exento del “poder” de las percepciones que genera, bien sean positivas o negativas.

Por ello, es responsabilidad de las empresas establecer claros objetivos de comunicación que, dependiendo del momento en el que se encuentran, permitan sostener las percepciones necesarias para afianzar su posicionamiento y, con ello, transitar también el camino de “candidatos” ante un mercado, al de “elegidos” por sus consumidores y clientes; logrando así consolidar sus oportunidades y gestionar sus relaciones eficientemente, sin perder de vista que cada vez más, sus grupos de interés tienen abundantes mecanismos de presión y decisión que inciden de forma determinante en su estabilidad y sostenibilidad.

Plantearse entonces su estrategia ante quienes representan su “electorado”, bien sean consumidores de sus productos o usuarios de sus servicios, supone trabajar de forma permanente en los mensajes, la estructura y el aparato comunicacional, la temporalidad, la capacidad de reacción y las decisiones gerenciales que en sí mismas comunican. Todos estos elementos son de obligatorio análisis de cara a diferenciar la comunicación de “campañas”, a la comunicación y diálogo permanente de una empresa con su entorno.

Nada distinto entonces a la política, donde se trata de ganar votos y mantenerlos. Las empresas que procuran ganar clientes, usuarios y consumidores, tienen que desarrollar la campaña, no sólo para atraerlos, sino para mantenerlos y ser reelegidas permanentemente, gracias al reconocimiento de sus atributos y su comportamiento.

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